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¦ Citas ¦ Virginia Woolf


« La señora Dalloway »
Virginia Woolf (goodreads)

  • Siempre había considerado que era muy, muy peligroso vivir, aunque sólo fuera un día.
  • ¡Oh, si pudiera comenzar a vivir de nuevo!, pensó en el momento de pisar la calzada, ¡hasta tendría un aspecto diferente!
  • Sin embargo, a Clarissa la irritaba llevar ese monstruo brutal agitándose, y sentir sus cascos hincándose en las profundidades de aquel bosque de suelo cubierto por las hojas, el alma.
  • Nada existe fuera de nosotros, salvo un estado mental, piensa; un deseo de solaz, de alivio, de algo alejado de estos miserables pigmeos, estos débiles, estos feos, estos pusilánimes hombres y mujeres. 
  • Clarissa pensaba que los Dioses, que nunca perdían una oportunidad de dañar, frustrar y estropear el humano vivir, quedaban seriamente chasqueados.
  • La compensación de hacerse viejo estribaba sencillamente en lo siguiente: las pasiones siguen tan fuertes como siempre, pero uno ha adquirido —¡al fin!— la capacidad que da el supremo aroma a la existencia, la capacidad de dominar la experiencia, de darle la vuelta, lentamente, a la luz.
  • La vida en sí misma, cada uno de sus momentos, cada gota, aquí, este instante, ahora, al sol, en Regent's Park, era suficiente. Demasiado, en realidad.
  • Toda una vida no bastaba, era demasiado corta para, ahora que uno había adquirido la capacidad de hacerlo, extraer el pleno aroma; para sacar cada onza de placer, cada matiz de significado. 
  • Su cerebro se encontraba en perfecto estado; seguramente el mundo tenía la culpa de que no sintiera.
  • Puede ser que el mundo carezca de significado en sí mismo.
  • La clave secreta que cada generación pasa, disimuladamente, a la siguiente significa aborrecimiento, odio, desesperación.
  • En consecuencia, no tenía excusa; no tenía nada, salvo el pecado por el que la humana naturaleza le había condenado a muerte, el pecado de no sentir. 
  • Le habían abandonado. El mundo entero clamaba: Mátate, mátate, mátate por nosotros. 
  • Ahora estaba completamente solo, condenado, abandonado, como están solo aquellos que van a morir. 
  • El amor también destruía. Todo lo bello, todo lo verdadero desaparecía. 

« Orlando »
Virginia Woolf (goodreads)

  • Orlando amaba naturalmente los sitios solitarios, las vastas perspectivas, y el sentirse por siempre y por siempre solo. 
  • ¿Sería un poeta? ¿Estará escribiendo versos? (...) Pero, ¿cómo hablar a un hombre que no le ve a uno, que está viendo sátiros y ogros, que está viendo tal vez el fondo del mar?
  • Ciego a las flores, indiferente a los matices; adelantando sistemáticamente hasta caer en el sepulcro y escribir finis en la lápida sobre nuestras cabezas. 
  • ¿Es preciso que el dedo de la muerte se pose en el tumulto de la vida de vez en cuando para que no nos haga pedazos? 
  • ¿Estamos conformados de tal manera que diariamente necesitamos minúsculas dosis de muerte para ejercer el oficio de vivir? 
  • Entonces le pareció que la vida no valía la pena de ser vivida. 
  • Los lectores capaces de transmutar nuestro mero susurro en una inconfundible voz, de percibir, aunque describamos o no, una cara precisa, de intuir sin una palabra que los ayude, un pensamiento exacto —y no escribamos sino para lectores así—.
  • Así era, y Orlando se quedaba solo, leyendo, un hombre desnudo.
  • Pues una vez que el mal de leer se apodera del organismo, lo debilita y lo convierte en una fácil presa de ese otro azote que hace su habitación en el tintero y que supura en la pluma. 
  • Ningún muchacho había pedido manzanas como Orlando había pedido papel; ni golosinas como él había pedido tinta. 
  • Ya que escribir (y no hablemos de publicar) era, bien lo sabía, una imperdonable falta en un noble.
  • De pie en la soledad de su cuarto juró ser el primer poeta de su linaje y dar brillo inmortal a su nombre. 
  • Recordaba con orgullo que siempre le habían dicho literato, y se habían burlado de su amor a los libros y a la soledad. 
  • «Pasó el tiempo» (la cifra exacta podría ir entre paréntesis) y no sucedió nada. Por desgracia, el tiempo que hace medrar y decaer animales y plantas con pasmosa puntualidad, tiene un efecto menos simple sobre la mente humana. 
  • Ese maravilloso desacuerdo del tiempo del reloj con el tiempo del alma no se conoce lo bastante y merecería una profunda investigación.
  • Nadie sabe de dónde viene ni a dónde va. 
  • Pero como por cada verso que agregaba borraba otro, el total, a fin de año, solía ser menos que al principio, y era como si, a fuerza de escribirlo, el poema se fuera convirtiendo en un poema en blanco. 
  • ¡Y ahora de nuevo desciende la oscuridad, y ojalá fuera más profunda! ¡Ojalá fuera, casi podríamos exclamar desde el fondo de nuestros corazones, tan profunda que su opacidad no nos permitiera ver nada! ¡Ojalá pudiéramos ahora empuñar la pluma y escribir la palabra fin!
  • El cambio de sexo modificaba su porvenir, no su identidad.  
  • No hay, en el tumultuoso pecho del hombre, una pasión más fuerte que la de imponer su creencia a los otros.
  • Orlando trató de retener las lágrimas que se agolpaban a sus ojos, hasta que recordó que en las mujeres el llanto queda bien y las dejó correr. 
  • Porque es sabido que los seres irracionales nos aventajan infinitamente para juzgar la identidad y el carácter. 
  • No hay devoción, no hay tiempo, que se puedan considerar excesivos, cuando se trata de que el vehículo de nuestro mensaje desfigure un poco menos lo que lleva. Debemos modelar nuestras palabras hasta que se ajusten minuciosamente a lo que pensamos. 
  • Estoy creciendo —pensó, tomando su palmatoria—. Estoy perdiendo mis ilusiones, tal vez para adquirir otras. 
  • Escribiré —había dicho—, lo que me gusta escribir.
  • Si esto es amor —se dijo Orlando, mirando al Archiduque del otro lado de la chimenea, y ahora desde el punto de vista de la mujer—, hay algo muy ridículo en el amor.
  • En cambio, muchas mujeres jurarían que nunca es tan sensible la soledad como inmediatamente después de que a uno le hayan hecho el amor. 
  • El hombre tiene libre la mano para empuñar la espada, la mujer debe usarla para retener las sedas sobre sus hombros. El hombre mira el mundo de frente como si fuera hecho para su uso particular y arreglado a sus gustos. La mujer lo mira de reojo, llena de sutileza, llena de cavilaciones tal vez.  
  • ¡En el mismo instante, la sociedad es todo y es nada! (...) Con tales monstruos sólo los novelistas y los poetas pueden lidiar.
  • Ojalá no vuelva a encontrar un ser humano en toda mi vida.
  • Todo es una ilusión (lo cual no significa un reproche, porque las ilusiones son lo más necesario y lo más precioso que hay en el mundo, y quien puede crear una sola es un máximo bienhechor), pero como es sabido que las ilusiones se hacen pedazos en cuanto las toca la realidad, la verdadera dicha, el verdadero ingenio, la verdadera profundidad no se toleran donde la ilusión prevalece. 
  • Porque si es temerario entrar sin armas en la cueva del león, o atravesar en una canoa el Océano Atlántico, o pararse sobre un pie en la cúspide de San Pablo, más temerario aún es volver a casa con un poeta. 
  • Las ilusiones son al alma lo que la atmósfera es a la tierra. 
  • La verdad nos deshace. La vida es sueño. El despertar nos mata. 
  • En una palabra, todos los secretos de un escritor, todas las experiencias de su vida, todos los rasgos de su espíritu, están patentes en su obra, y sin embargo exigimos comentarios críticos y relatos biográficos. 
  • Una mujer sabe muy bien que por más que un escritor le envíe sus poemas, elogie su criterio, solicite su opinión y beba su té, eso no quiere absolutamente decir que respete sus juicios, admire su entendimiento, o dejará, aunque le esté negado el acero, de traspasarla con su pluma. 
  • Porque parece —su caso era una prueba— que escribimos, no con los dedos, sino con todo nuestro ser. 
  • Es probable que el espíritu humano tenga asignado su lugar en el tiempo: unos nacen de este siglo, otros de aquél.
  • Y yo, la dueña de todo esto —Orlando pensó, echando una mirada al pasar a las innumerables ventanas heráldicas del hall—, estoy soltera, estoy impar, estoy sola.
  • Muchos años he buscado la felicidad y no la he encontrado; la fama y la he perdido; el amor y no lo he tocado; la vida —y la muerte es mejor. 
  • Nada más desesperante que ver a un personaje, a quien hemos prodigado tanto tiempo y trabajo, escurrirse del todo de nuestro alcance —lo testimonian sus lamentos y suspiros, sus rubores, sus palideces, sus ojos claros como lámparas, o cansados como albas—, nada más humillante que presenciar esta pantomina de emoción y de excitación cuando sabemos que su causa —el pensamiento y la fantasía— carece de toda importancia.
  • El amor, lo ha dicho el poeta, es toda la vida de la mujer. 
  • Pero el amor —según lo definen los novelistas de género masculino —¿y quién, después de todo, tiene mayor autoridad?— nada tiene que ver con la bondad, la fidelidad, la generosidad o la poesía. El amor es quitarse las enaguas y… 
  • Por consiguiente, si la heroína de nuestra biografía no se resuelve ni a matar, ni a querer, sino a pensar e imaginar, podemos deducir que no es otra cosa que un cuerpo muerto y abandonarla…
  • Porque, ¿no hemos, acaso, implorado el don de aprisionar en un libro algo tan raro y tan extraño, que uno estuviera listo a jurar que era el sentido de la vida?
  • Mientras ella escribía, el mundo había continuado. 
  • El manuscrito, que yacía sobre su corazón, empezó a latir y a agitarse, como si fuera vivo, y (rasgo más raro e indicio de la fina simpatía que había entre los dos) a Orlando le bastó inclinarse para entender lo que decía. Quería que lo leyeran. Exigía que lo leyeran. Era capaz de morírsele sobre el pecho si no lo leían. 
  • Todos esos años había imaginado que la literatura —sírvanle de disculpa su reclusión, su rango y su sexo— era algo libre como el viento, cálido como el fuego, veloz como el rayo: algo inestable, imprescindible y abrupto.
  • ¿La Literatura? ¿La Vida? ¿Convertir la una en la otra? ¡Qué monstruosamente difícil! 
  • Le daban la sensación, prosiguió, de que uno siempre, siempre, debía escribir como otra persona. 
  • La cosa que miramos no es la misma, sino otra cosa, que es mayor y mucho más imponente y sin embargo es la misma cosa. 
  • Sueños que astillan el todo y nos descuartizan y hieren, y nos dividen por el medio en la noche cuando quisiéramos dormir.
  • Porque si hay (digamos) setenta y seis tiempos distintos que laten a la vez en el alma, ¿cuántas personas diferentes no habrá —el Cielo nos asista— que se alojan, en uno u otro tiempo, en cada espíritu humano? 
  • Pero lo cierto es que al escribir sobre una mujer todo está fuera de lugar. 

1 comentario:

  1. Lo intenté hace unos meses con Dalloway y me quedé atascadísimo, aunque también tengo que admitir que no le puse mucho esfuerzo. Aun así, no quería rendirme definitivamente con la Woolf hasta intentarlo una segunda vez, con el mismo libro o con otro, y tus maravillosas citas me han hecho reafirmarme :))

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