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¦ Real o irreal ¦ Salvando al señor con barba

« Reescribe la escena de don Quijote con los molinos de viento, 
pero imaginándose que se enfrenta a hordas de zombis (nº 2) »
(52 retos de escritura, de El Libro del Escritor)

«La muerte os está siguiendo.» Tras haber oído esas palabras, algo en mi señor cambió, pues acabó riéndose como si algo maligno lo hubiera poseído. Luego, él y su caballo se alejaron hasta que los perdí de vista. Por mi parte, seguí contemplando el rostro de aquella vieja. En las comisuras de su boca se podía ver una especie de sonrisa burlona. La cogí del brazo con fuerza y, sin que tuviera ningún remordimiento, la obligué a hablar. Abrió la boca con desgana. Un aliento mortecino salió desde su interior. No me alejé sino que persistí. Debía conocer el sentido de aquellas palabras antes de que mi señor cometiera una de sus acostumbradas locuras.
La tierra comenzó a temblar debajo de nuestros pies. Descendí mi mirada hacia mis botas mugrientas. Noté como las piedras rodaban por el suelo arenoso. «Están aquí.» Volví mi rostro hacia la bruja, pero despareció. Exhalé una gran bocanada de aire. Debía volver a salvar al señor con barba. Cogí las riendas de mi caballo y, tras impulsarme con fuerza, fui volando hacia la misma dirección.
El viento cobraba vida a medida que mi caballo intentaba empujarse hacia delante. El pelo alborotado caía sobre mis ojos y, en algún momento, dejé de ver el camino que estaba siguiendo. Eso me obligó a caer en un pozo profundo. Necesitaba encontrar una salida, pero por la única puerta que creía vislumbrar entró un hombre. Si pretendía escapar de mi destino, debía formar parte de la historia de aquella persona que había aparecido en mi camino. Tras comprenderlo decidí seguirlo. Acabé convirtiéndome en su compañera de aventuras. Realmente, más que una compañera, era una sombra. Siempre que conseguíamos derrotar a nuestros enemigos, los lugareños aplaudían a mi señor, mientras que a mí no me reconocían. En alguna ocasión, me hallaron mirando. Una mujer. Era tan solo una mujer que contemplaba a un gran héroe. Y me olvidaron en cuanto postraron sus ojos sobre mí.
Un grito aterrador me atravesó los oídos. Mis pensamientos acabaron encerrándose en el agujero de mi mente. Apreté los labios con fuerza y, al mismo tiempo, obligué a que mi caballo se detuviera. Era momento de entrar en acción. Busqué con la mirada a mi señor. Mis ojos lo alcanzaron sin demasiada dificultad. Una figura estaba… moviéndose de un lado a otro. Bajé de mi caballo. En cuanto mis piernas tocaron el suelo, mi cuerpo se tambaleó. ¿Acaso se estaba partiendo la tierra en dos? Una alarma sonaba dentro de mí.
Aquel señor con barba se dio cuenta de mi presencia, pues acabó levantando los brazos hacia arriba con energía. Caminé hacia él intentando mantener el equilibrio. A medida que me acercaba, observé que unas grandes estructuras se movían delante de nuestros ojos. «Gigantes del Infierno, ¡yo os venceré!» ¿Qué es lo que estaba vociferando ese loco? Tenía la espada en una mano mientras que con la otra mano agarraba objetos desde el suelo. Esa escena era ridícula, y algo en mí se estaba riendo con ganas. Menudo compañero de aventuras tenía. Jamás conseguía salvarnos de los problemas que contemplábamos. Y en esos momentos pretendía luchar contra una edificación cuyos brazos estaban girando. Quizás eso lo desconcertaba. Qué podía yo saber.
Un rugido se escuchó a mis espaldas. Me volví hacia aquel ruido extraño. Unos ojos ensangrentados me estaban mirando de cerca. ¿Qué clase de criatura nos había encontrado en esa ocasión? «Mi señor, ¡aquí tiene a su enemigo!» Grité tan fuerte que la voz de aquel monstruo se extinguió por un momento. No obstante, no obtuve respuesta alguna de mi señor. Giré mi rostro hacia él. Seguía saltando y tirando piedras como un mono de circo. Suspiré cansada. Nuevamente debía luchar sin su ayuda.
Saqué la espada de mi cinturón, y comencé a andar hacia aquella criatura que había salido desde las profundidades de la tierra, pues noté que el suelo dejó de zarandear. Se habrá cerrado la puerta por donde penetró. Mi criatura seguía gruñendo. Brotaba. Abría sus fauces. Gemía. Arrastraba sus piernas. Y así sucesivamente. ¿Debía hacerle frente a esa cosa que apenas avanzaba? Nuestros cuerpos se encontraron por fin. Sus manos arrugadas comenzaron a extenderse delante de mis ojos. Unas uñas afiladas me habían alcanzado. Un  pequeño hilo de sangre se desplazó por una de mis mejillas hasta que se dejó caer sobre mis labios. Lo saboreé antes de levantar mi espada hacia el aire. «Encantada de conocerte.» Su cabeza acabó rodando por el suelo. Volví a meter la espada en su lugar, y me dirigí hacia ese gran héroe.
Seguía intentando acabar con su enemigo. «Señor, esa no es la criatura que debe matar. Tengo la sospecha de que la vieja acabó convirtiéndose...» Comencé a decir con cierto orgullo, pero no tenía sentido declararlo. Me acomodé sobre el suelo desolado y fijé mi mirada en aquellos edificios. De repente recordé que en una taberna nos contaron la historia de unos molinos cuyas aspas se movían… Habíamos llegado hacia esa parte del mundo. Era increíble. A pesar de que nadie conocía mis historias, sentía, de alguna manera, que mi vida tenía importancia. Debía cuidar a aquel señor con barba. Su existencia dependía de la mía. Otro rugido me volvió a despertar. Me levanté con más alegría, y saqué mi espada. 

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