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¦ Rostro invisible ¦ «Déjame» (Celsius 232)


El tren partió esa mañana, pero yo lo ignoré. Ahora, días más tarde, rememorando, puedo afirmar con toda seguridad que, más que ignorancia, se trató de abandono. Aunque el primer tren me había dejado, otro, en cambio, me esperó. Viéndolo desde una perspectiva positiva, logré darle una mayor eternidad al suceso que se dio esa mañana, a pesar de que la realidad inicial acabó desembocando en un mismo estado. En otras palabras, alargué mi dicha. Soy consciente de que apenas fueron unos minutos —tal vez unos segundos—, pero, a pesar de ello, fueron los minutos más duraderos.

Volviendo a ese día, leía. Mientras leía, el reloj seguía funcionando a su ritmo y yo intentaba hacerme con el mayor número de palabras. Se trataba casi de una cuestión de vida y muerte. Advertí que debía alejarme de ese libro que me había llamado con su vocecita —pues los libros susurran cosas—. Sin embargo, envolví una parte de mis ojos con una tela etérea y me volví ciega ante la vida que se daba fuera de esas cuatro paredes diáfanas. La vida me veía a través de ella, en cambio yo la aborrecí con mi aparente olvido. Debo decir que no me apetecía abandonar mi frágil felicidad para volver a esa absurda y fúnebre realidad. El tren me dejaría atrás, sí, lo sabía. ¡Lo sabía! Iba a cometer una apasionante y desmesurada locura, pero esa excentricidad no tuvo lugar.

Más tarde, un minuto y medio había pasado desde que leí una palabra que me conmovió, vinieron a por mí. Escuché una especie de cuchicheo en el fondo del universo creado hace un momento. Me levanté con desgana —casi sin respirar— y cogí el libro entre mis brazos. Intenté perderme entre las estanterías que comprendían ese lugar tan íntimo, pues ansiaba desaparecer junto con el tesoro encontrado —mi libro—. En esa estancia tan cálida no había ningún rincón oscuro que me pudiese absorber. ¡Nada! Me habría gustado quedarme en un recodo en el que no me vieran. ¿Por qué la vida no deseaba olvidarme? ¿Por qué me recordaron justo en ese momento tan amado? Fueron muchas ocasiones en las cuales quedé como una mera partícula de polvo —como cuando me dejaron en el campo de maíz y, debido a la inexistencia de un libro, tuve que relacionarme con una mazorca. Pero en ese instante, decidieron aparecer, así, sin más —justo cuando me había enamorado de una palabra que perdería—. Ahora mismo, en mi presente, siendo sincera, no la recuerdo. Y eso es lo que provocaron: nuestra separación.


Las voces me acorralaron. Me hallé delante de unos libros que formaban parte de un mundo llamado «literatura rusa». Debía desprenderme de él antes de que me agarraran. Pero, en ese preciso instante, no conseguí recordar a qué mundo pertenecía el libro. ¿Qué es lo que había leído? ¿Dónde lo había encontrado? Ninguna imagen fue evocada. Mi mente se había vaciado, o, a lo mejor, era el corazón que latía demasiado y, por ello, el cerebro se vio ensordecido debido a la intensa palpitación. «Debemos irnos», escuché tras mi corta meditación. Algo en mi se sacudió, y, sintiéndolo mucho, me arrastré sobre las baldosas verdosas y me abandoné. Debían haberme permitido que existiera como una figura invisible, pero no admitieron mi idea. Y, con todo mi pesar, coloqué el libro entre los demás libros. Lo lamenté muchísimo, ya que, por mi estúpido error, ese libro había acabado formando parte de otra realidad —y a lo mejor se extinguiría dentro de ella—. Probablemente, no conseguiría adaptarse y... Recuerdo que mi mirada se había desviado hacia una planta que me saludaba con una de sus diminutas hojuelas. Sonará absurdo, pero le devolví el saludo con estupefacción.


Ahí me encontraba yo, comunicándome con una planta ligada a una pequeña maceta cuando unos largos dedos atraparon mi brazo y me llevaron hacia la puerta que tanto me atemorizaba. Mis ojos seguían fijados sobre ese cuerpo vegetal; observé que su hojuela había cambiado de posición y juraría que estaba señalando hacia algo imperceptible. Entonces, lo comprendí. Mi  libro formaba parte de una sección conocida como «literatura francesa». ¡Necesitaba solucionarlo! «Déjame», me pareció gritar. Pero no me lo concedieron; no lo entendieron. Necesito devolverle la vida que le arrebaté a ese desgraciado libro. Los rusos no lo aceptarán. Marcelle Sauvageot no merece esta alteración que ocasioné. Y las palabras pensadas se asesinaron entre ellas, a medida que desparecí.

«Déjame» fue la única palabra que fue escuchada por mí en ese lugar.

«Déjame» de Marcelle Sauvageot se trata de un libro que fue encontrado en una estantería de una biblioteca de Avilés durante un festival conocido como Celsius 232. Se ruega al lector que lo devuelva a su lugar.


¦ Historia ficticia inspirada en un momento que viví con Omaira durante Celsius 232. ¦

3 comentarios:

  1. La historia es adorable, sobre todo cuando la relacionas con el libro del Celsius 232. :)

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  2. He estado demasiado tiempo alejada de este blog, y no puede ser. Yo juraría que antes te tenía en bloglovin, no sé, serán mis paranoias, pero ahora para visitarte debo ver que has colgado una entrada nueva o acordarme de pasar por aquí, y eso no suele pasar a menudo, menos lo segundo con la memoria senil que tengo. Me apena haber dejado este espacio tan abandonado, porque le tengo cariño, y sobre todo porque es tuyo, y todo lo tuyo tiene una luz especial que me gusta mirar. Como este relato, que es tan dulce... tan tú *suspira*. Me ha encantado espcialmente el detalle de la planta, lo de que te saludó y tú le devolviste el saludo, es algo pequeño pero encantador.

    Es un placer leerte de nuevo, Diana querida :-*

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